El taller es un espacio vivo. Un lugar de creación, empoderamiento y juego. No es siempre el mismo: cambia, se transforma, fluye según la energía del día y la actividad del momento. A veces es laboratorio textil, otras veces refugio de ideas o mesa compartida.
Los techos de caña, pintados de blanco, nos conectan con lo autóctono y al mismo tiempo amplifican la luz de la mañana. El sol entra directo muy temprano y marca el comienzo de la jornada. El vidrio deja ver el verde de afuera, que es también vida, oxígeno e inspiración. Siempre hay música sonando de fondo, como una compañera invisible que acompaña el ritmo de las manos.
En el centro, un tablón grande donde desplegamos nuestras propuestas: textiles en proceso, molderias, pruebas, colores, dudas y certezas. Hay máquinas de coser, herramientas de todo tipo, una mesita especial donde nacen los sombreros, lanas, acopios, libros, bitácoras de dibujo. Todo convive, se mezcla y se activa.
Acá bordamos, cosemos, descosemos, armamos y desarmamos. Improvisamos, compartimos y jugamos. De los errores surgen nuevas ideas, y de los gestos más simples, nuevas formas. Pensamos en quienes van a habitar estas prendas, imaginamos paisajes, movimientos, climas.
De este taller nacen las colecciones que luego viajan a Tilcara, llevando con ellas un pedacito de este lugar, de la vida y la risa compartida, del trabajo hecho con amor y con tiempo.