Comunidad de tejedoras

Comunidad de tejedoras

Las tejedoras: mujeres de altura

En lo más alto de la Quebrada y la Puna, donde el viento es constante, el sol es filoso y el oxígeno escasea, habitan mujeres fuertes. Son tejedoras y también pastoras de altura, y en muchos casos, el corazón y el sostén de sus familias.

Se las llama pastoras porque, desde niñas, llevan a pastar a sus animales —llamas, ovejas o cabras— cerro arriba, acompañándolos mientras se alimentan. En esos momentos de silencio y conexión profunda con el paisaje, hilan, cantan, recitan y sueñan. El monte se convierte en taller, en refugio, en lugar de creación. Allí, entre cardones y piedras, nacen los primeros hilos de cada prenda.

La mayoría de estas mujeres son cabeza de hogar. Cuidan a sus hijos, a sus animales y a sus plantas con la misma dedicación con la que hilan y tejen. Viven en pequeñas comunidades donde todo se comparte y donde el tiempo sigue el ritmo de la naturaleza. En esos pueblos remotos, marcados por la inmensidad del paisaje y la crudeza del clima, ellas conservan y transmiten un saber ancestral que es fuerza, resistencia y belleza.

Su conocimiento no está escrito: pasa de mano en mano, de madre a hija, de abuela a nieta. Tejen con paciencia, teñido a teñido, hebra a hebra, historias que hablan de la tierra, del silencio y del abrigo. Lo hacen con lo justo, con lo necesario, y tal vez por eso mismo, con tanta pureza y profundidad.
María Frías trabaja junto a ellas desde el respeto y la escucha. Co-crear con estas mujeres no es solo un acto de diseño, es un gesto de admiración hacia su sabiduría, su templanza y su forma de habitar el mundo.